Érase una vez un conejo pardo llamado Tristán que vivía en un bosque de pinos cercano a una granja.
Tristán era profesor de matemáticas en la escuela del bosque, y entre sus vecinos tenía fama de ser terriblemente huraño. No es que tuviera mal carácter, sino que le gustaba la soledad y vivir a su aire, encerrado en su madriguera y haciendo complicados cálculos y ecuaciones.
“¿Cómo es que te gustan tanto los números?”, le preguntaban.
“Porque siempre puedo contar con ellos”, respondía.
Todos pensaban que era un conejo un poco raro, pero a Tristán no le importaba nada lo que los demás pudieran pensar de él, porque era un conejo feliz. O al menos lo era hasta que, aquella primavera, recibió una carta de su primo Algodón en la que le anunciaba que iría a verle para pasar juntos el verano.
¡Qué fastidio!
Tristán no soportaba a su primo, al que apodaba El Imbécil.
Y es que Algodón era todo lo contrario a él: era sociable, hablador y muy presumido, pero, sobre todo, era imbécil, y Tristán le aborrecía. Pero claro, tendría que aguantarlo porque, al fin y al cabo, eran parientes.
En cuanto Algodón llegó, perturbó la paz de la madriguera de Tristán y se dedicó a fastidiarlo:
“¡Vamos a la fiesta en el Roble Hueco, Tristán!”,
gritaba con su voz chillona.
“No me apetece”, respondía Tristán mientras resolvía una ecuación.
“¡Pues vamos al lago a conocer conejitas!”
“Tampoco me apetece”, replicaba Tristán mientras despejaba una raíz cuadrada.
“Desde luego, primo Tristán, eres muy aburrido.
¡No me extraña que todo el mundo hable mal de ti!
¡Todo el día con esos estúpidos números!
No entiendo cómo es que te gustan tanto.”
“Porque siempre puedo contar con ellos.”
Una mañana, Tristán se hartó de tener a su primo molestando en casa y salió de paseo con él.
Atravesaron un estrecho camino por el bosque y llegaron a un terraplén que, para saltarlo, exigía que los dos se ayudaran a subir.
Detrás estaba la carretera, y al otro lado la granja del Señor Ernesto, que tenía la mejor huerta que uno pudiera imaginar. Era el paraíso.
“¡Mira qué coles, Tristán!
¡Vamos a darnos un atracón!”
“Yo no voy”, dijo Tristán.
“Cada día muere un conejo atropellado en esta carretera. Los números no fallan.”
“¡No seas cobarde! No pasa ningún coche.”
Decidido y hambriento, Algodón cruzó la carretera a toda velocidad y llegó al otro lado, a la huerta del Señor Ernesto.
“¡Vamos, Tristán, sígueme!”
“No pienso ir”, dijo Tristán, que seguía inmóvil al otro lado.
“En esta carretera muere un conejo cada día.”
“¡Qué cobarde!”
Algodón volvió a cruzar la carretera y regresó junto a Tristán.
“¿Ves? No pasa nada. Vamos, cruza conmigo.”
Y de nuevo Algodón atravesó la pista de asfalto, pero al llegar a la huerta del Señor Ernesto se giró y se dio cuenta de que Tristán seguía sin moverse.
“¡Pero ven de una vez, primo Tristán!”
“No. No me atrevo.”
Y Algodón, desesperado, volvió a cruzar la carretera para ir a buscar de nuevo a su primo. Y entonces, BRUUUM, pasó un coche a toda velocidad y lo atropelló.
Fue entonces y sólo entonces cuando Tristán cruzó la carretera. Ya había un conejo muerto, y los números decían que no habría otro hasta el día siguiente. Caminando con mucha calma pasó junto al cadáver de El Imbécil, que había quedado reducido a un guiñapo de piel aplastada contra el asfalto.
Silbando una alegre canción, llegó a la huerta del Señor Eernesto y se comió tres coles. Sólo tres, porque sabía que si se comía más, el Señor Ernesto lo notaría y pondría trampas contra conejos al borde de la carretera, con lo que el número de muertos aumentaría quizás a dos. Y Tristán no podía permitir que eso pasara, porque hasta aquel momento los números habían sido exactos: dos conejos para saltar el terraplén; el primero era atropellado y el segundo tenía tres coles… para él solito.
Tristán siempre había podido contar con los números. Y aunque esta vez sentía ciertos remordimientos por haber hecho cuentas con un pariente, pero el sabor de las coles lo compensaba todo.
Ño.

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