En un plato de cristal brincan y se entremezclan las semillas pintadas de rojo. Por unos cuantos centavos compro diez Jumping Beans. La agitación prosigue en el camión y en mi cuarto. Como el globo de gas que si no se escapa amanece desinflado, al día siguiente sobrevienen para los frijoles saltarines la inmovilidad, el triunfo de lo inerte, la vuelta al reino vegetal.
Parto de un martillazo un Jumping Bean. La atrocidad se revela ante mis ojos: en cada semilla, en el sarcófago que constituye sus paredes, se agita un leve gusano en busca de aire, espacio, de luz y de salvación imposible.
Colmo de lo absurdo, el insecto nace enterrado en vida. Sólo puede consumir su existencia en la asfixia, la angustia y el sufrimiento infinitos. Su infinito de vivir se manifiesta| con tal desesperación que su fuerza hace danzar una jaula hermética, una celda de manicomio, un sarcófago mil veces más pesado que su cuerpo.
Nunca he vuelto a comprar frijoles saltarines. Ante ellos sólo caben actitudes. La primera, la más cobarde y tranquilizadora, descansa en no indagar jamás acerca de lo que hay en el fondo de las cosas. Si lo hacemos nuestra búsqueda revelará siempre alguna forma de horror.
La segunda actitud invita a pensar sin resignarse en que cuanto nos divierte, nos deleita , nos complace o exalta implica por necesidad un sufrimiento al que, para protegernos, debemos sentirnos siempre ajenos.
Los Jumping Beans son una alegoría insultante de nuestra vidas: estamos encerrados en un cuerpo, un lugar, un tiempo y sector social que no elegimos.Nos oprime la doble herencia histórica y genética. No podemos ir más allá de los muros que nos confinan entre una fecha de nacimiento y otra de muerte. Hagamos lo que hagamos nunca saldremos de la cárcel que nos ahoga bajo un yo inescapable.
Me pregunto quién se divierte con nuestro sobresaltos.

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