Y al fondo: La Torre Eiffel, Amélie y un montón de reyes que se llaman Luis. Esto es todo lo que conozco de Francia.
Por eso, cuando se me ocurrió venir con mi gran capricho de París, la idea no me acaba de convencer.
Pero, en la Ciudad del amor, encontré el buen café, los cuernitos y un buen vino.
El único problema es que también me dan ganas de quedarme aquí con esa tranquilidad de que no me importe lo que sucederá mañana.

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