viernes, 3 de julio de 2015

El Ruido de Los Pasos


Caminaban en silencio, por las calles mojadas y silenciosas a media noche. Eran amigos, o eso pretendían. Pero ella hacía tiempo que había olvidado eso y ahora luchaba contra sus demonios internos. Sin mediar palabra, sólo el eco de sus pasos le acompañaban: un incesante golpeteo que parecía burlarse de ella. 

La noche, la oscuridad espesa y el blanco sucio de la luna, contribuían a aumentar su malestar, aquella desazón de su interior cada vez más en cada paso. Se sentía embriagada de esa melancolía que parecía flotar en el aire, emanar desde el suelo y ahogarla. 

Él, con las manos metidas en los bolsillos, continuaba a su lado, como una sombra. Ella vió las pequeñas nubecitas de condensación que formaba al respirar, y un escalofrío la obligo a cerrar los ojos. No era sólo por el frío. Quiso volverse, enterrarse en su pecho y convertirse en una estatua de hielo, en un único bloque que los mantuviera unidos para siempre en aquella maldita noche que parecía no acabar nunca. Quiso sentir el calor de su cuerpo a través de la chaqueta de lana, notar sus manos en su espalda, y sin decir nada, mezclarse en un abrazo que durase para siempre y aún más tiempo, eterno e indestructible. Mirarle a los ojos, y mantener la mirada hasta que el infierno se congelara o la tierra se partiera en dos o viniera el mismo diablo a separarlos. Que las pulsaciones de sus corazones se fundieran en una, marcando el ritmo de su caminar, resonando por las vacías calles con la misma fuerza que la de sus pasos. Convirtiéndose en el pulso del mundo. - Tengo frío... - consiguió decir cuando por fin pudo deshacerse del nudo que ahogaba sus palabras. Y ambos apretaron el paso.

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